Literatura

"Bormann miraba con cierta inquietud a ese hombre que le estaba regalando su libertad; de algún modo envidiaba la convicción con las que sostenía sus certezas de General en este mundo de mierda plagado de dudas, de inconsistencias, de incertidumbre".

Bormann cruzó la calle

Texto:
Ilustración: Maite Larumbe


Bormann encendió lentamente su cuarto cigarrillo. -Esto me va a matar- pensó. Su eterno mantra.

La mañana fresca y soleada del otoño porteño subía húmeda desde los adoquines, entrelazada en el humo del aliento y del tabaco. Levemente recostado sobre la pared de un edificio Bormann levantó la solapa de su abrigo y volvió a sentir esa rara mezcla de amor, familiaridad y nostalgia por las ochavas de Buenos Aires.

-Las esquinas de Buenos Aires son como las de París, Nazi, pero mejores- le había dicho hace unos años el Ángel. – Las calles son más anchas, tenés el panorama completo de los cuatro puntos y a la vez podés mantenerte relativamente escondido.

Cierto. Cada vez que el trabajo lo había llevado al acecho en una esquina porteña, la memoria le traía esa antigua y poderosa sensación de dominio, sentado en la ochava, esperando a los pibes o algún amor efímero, mirando pasar la vida del barrio, del mundo.  -Te estás volviendo un viejo choto y melancólico, Bormann- se dijo mientras encendía otro cigarro. -¡Y este pelotudo que no aparece!

El fastidio duraba solo un rato, Bormann sabía, solo hasta completar la tarea.

-Entonces, ¡asunto liquidado! – dijo en voz alta y festejó con una risa sorda la humorada. Ya había perdido la cuenta de cuántos pájaros cantores se había cargado, acá y en el mundo. Al menos él no había tenido que quedarse y bancar todo el quilombo de los juicios, la jetoneada de los políticos y la inescrutable conducta de la masa, lo único a lo que siempre había temido.

– ¡Son todos cagones, Nazi! – le decía el Nabo, – Nosotros tenemos que remover la mierda que se quieren sacar de encima y no se animan a hacerlo ellos mismos. Nos van a levantar en andas y después nos van a escupir como chicle, ya vas a ver. Es así, como pasa en el fútbol, Nazi, como le pasó a Pedro en la Biblia. Y nosotros no somos esos putos alemanes, a nosotros nunca nos van a sacar un dato.

El ruido de la ventana del segundo piso lo sacó de sus recuerdos. Instintivamente, Bormann se pegó más a la pared como fundiéndose en el concreto ajado y mohoso. Un hombre, un gigante, con una cara roja de afeitada fresca, barba candado, que se adivinaba rubia todavía y peinando canas prolijamente cortas salió al balcón, regó a desgano las plantas y le puso comida a un pequeño canario que hacía rato llenaba el silencio húmedo, trinando su encierro a viva voz.

-Me parece que he visto un lindo gatito- pensó Bormann, y esta vez tuvo que taparse la boca para que la risa no lo delatara. Sabía que pronto Olaf saldría a la calle. Lo venía estudiando desde hacía días. Además, para Bormann Olaf siempre había sido un pelotudo previsible con sus rutinas obsesivas que lo hacían creerse un gran soldado y la boludez de ese canario de mierda (al menos esta vez no le había hablado) era su último acto antes de salir de su cucha. -Último acto, Soy un hijo de puta…

-Puede ser, Nabo. Pero hay algo más, No sé… Yo crecí en esta Ciudad, la caminé desde que pude, bebí de su alma, me enamoré de sus calles, nadé entre la gente. Hay algo casi bíblico acá, a vos que te gusta tanto chupar cirios, Una ferocidad contenida, algo de heroico y miserable al mismo tiempo, no sé. Somos hijos de esta sociedad, Nabo, Pero ellos también y este puto país puede parir tanto dioses como diablos… Y además están esas locas… ¡Esas viejas hijas de puta! No sé…

Bormann revolvió el bolsillo de su abrigo. Por debajo de su querida Glock 17, regalo personal del Tigre, alcanzó a manotear el paquete de chicles y se llevó uno a la boca mientras miraba tenso la puerta del edificio por donde debía aparecer su presa.

-Vos lees mucho, Nazi, ese es tu problema. Nosotros nos preparamos toda la vida para esto. Nos dieron una orden, nos formaron, las cumplimos y chau pucho. Extirpamos el cáncer, salvamos a la Patria y, si me apurás, al mundo. Listo, Nazi. Nada más. Las viejas esas y los pelotudos que le dan bola no existen. Nos comeremos algún garrón, por los jueces cagones y los zurdos que quedaron, pero es el precio a pagar. ¡Quién nos quita lo bailado! Somos muchos y estamos entre la gente. Acá nadie va a hablar nada y los capos lo pensaron todo y lo siguen pensando por nosotros.  Eso somos, soldados, títeres, ejecutores.  Vos pensás mucho, Nazi. Eso te va a matar algún día, si no te mata el pucho antes.

 

Bormann, comenzó a toser y encendió otro cigarrillo. Amanecía. La humedad del rocío siempre le hacía toser. La humedad. -Herida de guerra- pensó risueño, mientras trataba de calcular la cantidad de horas vividas en mazmorras, sótanos, chupaderos, guaridas, escondrijos y esquinas impregnadas de humedad y silencio mortal en todo el mundo. Al acecho. -Es un boludo, ¡se debe haber quedado cagando! – masculló su fastidio pensando en el calor de su hogar en Carcasonne.

-La campiña francesa es el mejor lugar del mundo, Nazi, nadie te va a joder nunca ahí. Además, los franchutes son parecidos a nosotros, aman a su Patria por sobre todas las cosas- le había dicho El Ángel, que de Francia y franceses sabía un montón.

-Tenía razón- pensó en voz alta, mientras en un pasillo del edificio de enfrente se cerraba la puerta del ascensor y ronroneaban los motores que llevaban a Olaf a su operativo final.

-Ya me enteré de que anda con ganas de irse, Bormann. No lo culpo, acá las cosas van a estar embromadas por un tiempo. Como Ud. bien sabrá la consigna es que acá no se va nadie, nadie abre la boca y el que saca los pies del plato será considerado traidor a la Patria. Pero Ud, Bormann, es un caso especial. Ud es un intelectual, un técnico, un hombre con cerebro y con una destreza de las que no abundan, Bormann. ¡Un cazador!

Bormann miraba con cierta inquietud a ese hombre que le estaba regalando su libertad; de algún modo envidiaba la convicción con las que sostenía sus certezas de General en este mundo de mierda plagado de dudas, de inconsistencias, de incertidumbre.

-Mire, Bormann, acá nadie va a hablar, se lo aseguro. Somos argentinos, derechos y humanos, nacimos con la Patria. Nos podrán meter en cana, pero nadie va a cantar ni contar nada de nada y a los hijos de puta esos no los encuentran más, ni vivos ni muertos. Un pequeño recordatorio de que con nuestra Patria y nuestros valores no se jode. Para eso estamos entre la gente. Pero nunca va a faltar algún chambón, cagón o traidor. Y a esos los callamos. En silencio, prolijito, sin hacer espamento.  El silencio es salud, para todos, Ud. entiende, Bormann, y Ud. es nuestro hombre para eso. No lo vamos a necesitar solo acá, sino en todo el mundo. Hay muchos de los nuestros por todos lados y, de paso, ¡le vendí sus servicios a varios amigos de otros países! La Patria es un campo de batalla universal, Bormann, Ud. entiende. Así que ésta es la cosa: Ud se va a vivir a donde se le cante el culo, pero cada vez que lo necesitemos se me viene sin chistar. Temporada de caza. No se haga ningún problema que los gastos corren por nuestra cuenta. ¡Paga la Patria, che! Por el papeleo o algún quilombo, no se preocupe, Ud sabe que los azules y muchos jueces siguen siendo nuestros. ¡Ud procede y si te he visto no me acuerdo! Nosotros, nos quedamos acá, aguantando los trapos, como dicen esos negros villeros. Ya los vamos a hacer cagar de vuelta a todos esos.

El ascensor frenó estrepitosamente en planta baja. En la esquina de enfrente, Bormann sintió un cosquilleo. – ¡Ya era hora! – dijo, Ajustando el silenciador. Olaf caminó hacia la entrada con su paso de coloso y mientras giraba la llave de la puerta de calle, pensaba en su nueva vida prometida por delante. El fresco de la mañana lo abofeteó en su cara de tomate y el sol amarrete de junio lo cegó apenas puso un pie un pie en la vereda.

Bormann dio una última y sostenida pitada que le quemó los dedos. Tiró la colilla, la aplastó contra una baldosa floja y comenzó a caminar.

-Un tiro limpio en la frente y mañana a la noche estoy en casita. Cognac, Piazzola y un buen omelette- pensó mientras cruzaba la calle.

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